Empezar un proceso psicológico puede generar muchas dudas.
A veces no sabemos muy bien qué se supone que tenemos que contar, cómo explicar lo que nos ocurre o si deberíamos llegar con una demanda clara. Otras veces aparece la pregunta de si lo que nos pasa “es suficiente”, si vamos a saber expresarlo bien o si la consulta va a consistir solo en hablar sin saber muy bien hacia dónde.
Por eso me parece importante poder explicar qué puedes esperar de un proceso conmigo. No porque todos los procesos sean iguales (adelanto que no lo son), sino porque conocer un poco la forma de trabajar puede ayudar a llegar con menos incertidumbre y más seguridad.
No necesitas tenerlo todo claro para empezar. A veces el primer paso es precisamente ordenar lo que ahora se siente confuso.
Un espacio para comprender, no para juzgar
Mi forma de trabajar parte de una idea sencilla: lo que te ocurre suele tener una historia, una función y un contexto.
Esto significa que no miro el malestar como algo aislado que simplemente hay que eliminar rápido… Intento comprender qué está pasando, desde cuándo, en qué momentos se intensifica, qué lo sostiene, qué recursos ya existen y qué partes de tu historia pueden estar influyendo en la forma en la que hoy te relacionas contigo, con los demás y con el mundo.
Puede que llegues por ansiedad, bloqueo, dificultad para poner límites, relaciones que duelen, fatiga, dolor, neurodivergencia, cambios vitales, autoestima, culpa, desbordamiento o una sensación difícil de nombrar… Sea cual sea el punto de partida, el objetivo no es juzgar lo que haces o sientes, sino empezar a construir una mirada más clara y cuidadosa.
Comprender no significa justificarlo todo. Significa mirar con más información para poder responder de otra manera.
Las primeras consultas: ordenar el mapa
Al inicio, suelo dedicar tiempo a entender qué te trae, qué necesitas ahora y qué sentido puede tener lo que está ocurriendo.
No hace falta que cuentes toda tu vida de golpe ni que tengas un relato perfectamente ordenado. Podemos ir construyendo el mapa poco a poco: qué te preocupa, qué se repite, qué te desborda, qué has intentado hasta ahora, qué te ayuda, qué no te ayuda y qué sería importante cuidar desde el principio.
A veces la demanda está muy clara. Otras veces empieza con algo más difuso: “no sé qué me pasa”, “estoy cansada”, “me siento bloqueada”, “me cuesta sostener mis relaciones”, “funciono por fuera, pero por dentro no estoy bien”. Eso también es un inicio válido.
Las primeras consultas no son un examen. No se trata de demostrar que tu malestar es suficientemente importante ni de saber explicarlo todo a la perfección. Se trata de empezar a poner palabras, ordenar prioridades y valorar hacia dónde puede ir el trabajo.
Una mirada integradora
Mi forma de trabajar integra distintas perspectivas, siempre adaptadas a la persona que tengo delante.
Me interesa comprender el malestar desde varios niveles: la historia personal, los vínculos, la regulación emocional, el contexto actual, los aprendizajes previos, las necesidades no atendidas y las estrategias que quizá en algún momento ayudaron, pero ahora generan malestar.
También tengo muy presente la mirada pedagógica: explicar, ordenar, traducir lo complejo a algo comprensible y construir herramientas que puedan tener sentido en la vida cotidiana.
Esto puede incluir psicoeducación, ejercicios de reflexión, registros, metáforas, recursos de regulación, revisión de patrones, trabajo con límites, identificación de necesidades o pequeñas tareas entre consultas.
No se trata de llenar el proceso de deberes, sino de que lo que trabajemos no se quede solo en la conversación. La idea es que puedas ir comprendiendo lo que te pasa y, poco a poco, encontrar formas más cuidadosas y sostenibles de responder.
Ni recetas rápidas ni vueltas infinitas
Hay algo importante para mí: no me gusta trabajar desde recetas genéricas.
Considero que no todas las personas necesitan lo mismo, no todas las ansiedades cuentan la misma historia, no todos los bloqueos tienen el mismo origen, no todos los límites se construyen igual y no toda dificultad relacional se entiende solo mirando el presente.
Por eso evito dar respuestas demasiado rápidas del tipo “haz esto y se solucionará”. A veces necesitamos herramientas concretas, sí… Pero también necesitamos entender por qué algo se repite, qué función tiene, qué miedo protege o qué necesidad está intentando expresar.
Al mismo tiempo, tampoco creo que un proceso tenga que quedarse en hablar indefinidamente sin dirección. Para mí es importante que haya un hilo de trabajo: objetivos revisables, claridad sobre lo que estamos explorando, espacio para entender lo que ocurre y también para pensar qué cambios pueden ser posibles.
No se trata de correr hacia soluciones, pero tampoco de quedarse dando vueltas al malestar sin construir caminos.
El ritmo también importa
Cada persona llega con una historia, unos recursos y un momento vital distinto. Hay procesos que necesitan empezar con mucha contención y regulación… Otros requieren ordenar ideas, tomar decisiones o revisar vínculos; o necesitan ir despacio porque tocar ciertos temas demasiado rápido puede resultar desbordante. Otros combinan comprensión emocional con estrategias prácticas para el día a día.
El ritmo se va ajustando. Eso no significa evitar siempre lo difícil, pero sí respetar que no todo puede abordarse de golpe. A veces avanzar no es abrir más temas, sino poder sostener mejor lo que ya está apareciendo.
En situaciones de trauma, neurodivergencia, dolor crónico, fatiga o alta sensibilidad, esta idea me parece especialmente importante. El proceso no debería convertirse en otra exigencia más, sino en un espacio que ayude a comprender y cuidar mejor los propios límites.
La relación también forma parte del proceso
Para mí, la forma en la que nos sentimos dentro del espacio de trabajo importa mucho.
No basta con aplicar técnicas. También hace falta una relación en la que puedas sentir cierta seguridad, claridad y respeto. Un espacio donde poder decir “esto no me encaja”, “esto me cuesta”, “necesito ir más despacio”, “no sé cómo explicarlo” o “esto me ha removido”.
La confianza no aparece de manera automática, se construye.
Parte de mi responsabilidad es cuidar el encuadre, explicar lo que hacemos, revisar si el trabajo está teniendo sentido para ti y abrir espacio para que puedas traer dudas o incomodidades.
Un buen proceso no debería hacerte sentir que tienes que hacerlo perfecto. También debería permitirte llegar con confusión, contradicciones y tiempos propios.
Cuando trabajo con familias
En el caso de familias, mi forma de trabajar se centra mucho en comprender qué está ocurriendo y cómo se está interpretando dentro del sistema familiar.
A veces una familia necesita ayuda para entender mejor el perfil, las necesidades o la forma de funcionar de un menor. Otras veces necesita revisar dinámicas de convivencia, límites, rutinas, comunicación, procesos escolares, cambios importantes o situaciones de desbordamiento emocional.
El objetivo no es buscar culpables, sino construir una mirada más clara: qué está comunicando una conducta, qué necesita cada miembro, qué expectativas quizá conviene ajustar y qué estrategias pueden ser más respetuosas y realistas.
Acompañar a una familia no significa pedirle que lo haga perfecto. Significa ayudarla a comprender mejor para poder responder con más calma, más coherencia y menos desgaste.
También puede haber orientación y derivación
Parte de trabajar con honestidad implica reconocer que no todo se puede abordar de la misma manera ni en el mismo espacio.
A veces, durante una primera llamada o en las primeras consultas, podemos ver que lo que necesitas encaja con mi forma de trabajar. Otras veces puede ser importante valorar otro tipo de recurso: atención médica, evaluación especializada, intervención más intensiva, trabajo presencial, apoyo psiquiátrico, recursos sociales u otro perfil profesional.
Para mí, esto también forma parte del cuidado. No se trata de encajar a todo el mundo en el mismo formato, sino de orientar de la forma más responsable posible.
Un espacio para mirarte con más claridad
Si decides empezar un proceso conmigo, no necesitas llegar sabiendo exactamente qué tienes que decir ni qué necesitas conseguir.
Podemos empezar desde donde estás. Una pregunta, una sensación, una etapa difícil, un patrón que se repite, una relación que duele, un cuerpo que pide otro ritmo, una historia que todavía pesa o la necesidad de entenderte mejor.
Mi forma de trabajar intenta ofrecer calma, claridad y profundidad: un espacio donde poder mirar lo que te pasa sin reducirlo a etiquetas rápidas, sin convertirlo todo en culpa y sin perder de vista que comprender también puede ser una forma de empezar a cambiar.
Porque a veces no se trata de llegar con todas las respuestas, sino de encontrar un lugar desde el que poder empezar a hacer mejores preguntas.
— Sara Chivato Jorge
Quiero una primera llamada